MATIAS Y SUS AMIGOS
Matías y sus amigos vivían en un
barrio al cual visité por casualidad y no tanto ya que era de paso hacia mi
destino planificado.
En la mañana me acerqué preocupado por
el trámite que debía de realizar.
Comencé a transitar por las calles de
aquel lugar, entre casitas que alegraban mi vista, con frentes amplios y pasto
bien recortado, con rejas muy altas, pero que se podía husmear un poco hacia
adentro.
Siempre me gusta recorrer lugares
nuevos para poder buscar una historia que contarme y recordar en la memoria las
imágenes, olores, ruidos, para así tener un grato recuerdo y desear volver
nuevamente a pasar por allí como al descuido.
Entre árboles en las veredas se
encontraban por detrás casitas más modestas con ladrillo a la vista y otras sin
terminación, con Parrales de uva para sentarse tal vez a descansar.
Seguí observando el lugar, entre
ruidos lejanos de autos y cercanos de los pájaros, entre pastizales altos con
algunos descuidos de los vecinos, entre caminos de tierra y niños corriendo,
entre jazmines, sauces, portones construidos de forma artesanal y otros muy
arreglados.
Techos de tejas, de chapas y material.
Cuanto más caminaba mi curiosidad
aumentaba y mi corazón estaba pendiente de toda esa variedad del entorno.
Recuerdos y similitudes se asociaban
en mi mente, de tiempos remotos y otros más cercanos, de lugares parecidos, de
rostros agradables, de risas y rezongos.
Me dieron ganas de tirar algo para que
quedase suspendido en aquel cable que otros habían afinado su puntería quién
sabe cuando.
Parecía ser una mezcla de cosas
ordenadas muy cuidadosamente y de otras dejadas al azar para que el tiempo las deteriorase.
¡Sin embargo era todo fantástico!
Cuando vi a Matías estaba corriendo
sin rumbo, a toda velocidad, saltando, haciendo caso omiso a las represalias de
quien lo acompañaba.
Estaba tan alegre que me contagié y me
dieron ganas de romper mi rutina y sumarme a su alboroto.
Pero sólo me dediqué a observar.
Matías ven para acá, no cruces la
calle, ten cuidado… le decían…
Me sorprendí porque quien estaba a su
lado parecía disfrutar rezongándole.
Cruzó la calle casi sin mirar, saltó
un muro y se quedó al lado de sus amigos.
Todos eran diferentes: uno bajito y
peludo de color marrón, otro blanco con menos pelo muy inquieto y otros más que
no recuerdo bien.
Y allí te quedaste con tu dueña
festejando la dicha de pertenecer a ese lugar y de tener un hogar que te había
adoptado.
¿Matías?... en principio me llamó la
atención su nombre por ser un perro, pero seguramente perteneciendo a ese lugar
tenía que ser original.
No sé si su nombre se escribe con o
sin hache, si es con acento o no, pero eso a él no le interesa demasiado porque
no fue a la escuela.
Lo cierto es que te recuerdo y me
alegraste esa mañana, venía tan preocupado y apurado pero tu barrio y tus
amigos cambiaron mi estado de humor.
Hoy me detengo un poco en mi trajín
cotidiano para recordar a Matías junto a sus amigos.
Recuerdos y momentos que se hacen
inolvidables, de cosas cotidianas para muchos pero de riquezas para otros, tan
sólo basta observar, tan sólo hay que hacer un alto, tan sólo hay que buscar un
motivo para sentirse feliz, para vivir la vida de la manera que ella es: simple
y bella a la vez.
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